Lope de Vega

El cabello tendido por el manto,
que humilde el sol para corona estima,
María llega a que en su prima imprima,
amor los brazos que ella baña en llanto.

Bendito el fruto de tu vientre santo,
dice Isabel a su querida prima,
y ella responde: Mi humildad sublima
Dios, que por ella me engrandece tanto.

El monte se conmueve a su alabanza,
y los pastores tan alegremente,
que reventaba por hablar un mudo.

Juan de contento salta, baila y danza,
que el maestro que entonces tiene enfrente,
es el más primo que tocarle pudo.

Estaba María santa
contemplando las grandezas
de la que de Dios sería
Madre santa y Virgen bella,
el libro en la mano hermosa,
que escribieron los profetas,
cuanto dicen de la Virgen.
¡Oh, qué bien que lo contempla!

Madre de Dios
y virgen entera,
Madre de Dios,
divina doncella.

Bajó del cielo un arcángel,
y haciéndole reverencia,
Dios te salve, le decía,
María, de gracia llena.
Admirada está la Virgen
cuando al sí de su respuesta
tomó el Verbo carne humana,
y salió el sol de la estrella.

Madre de Dios
y virgen entera,
Madre de Dios,
divina doncella.

¡Cuántas veces, Señor, me habéis llamado,
y cuántas con vergüenza he respondido
desnudo como Adán, aunque vestido
de las hojas del árbol del pecado!

Seguí mil veces vuestro pie sagrado,
fácil de asir, en una cruz asido,
y atrás volví otras tantas, atrevido,
al mismo precio en que me habéis comprado.

Besos de paz os di para ofenderos,
pero si, fugitivos de su dueño,
hierran, cuando los hallan, los esclavos

hoy que vuelvo con lágrimas a veros,
clavadme Vos a Vos en vuestro leño,
y tendreisme seguro con tres clavos

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno oscuras?

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el ángel me decía:
«Alma, asómate ahora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía»!

¡Y cuántas, hermosura soberana,
«Mañana le abriremos», respondía,
para lo mismo responder mañana!

Pastor que con tus silbos amorosos
me despertaste del profundo sueño,
Tú que hiciste cayado de ese leño,
en que tiendes los brazos poderosos,

vuelve los ojos a mi fe piadosos,
pues te confieso por mi amor y dueño,
y la palabra de seguirte empeño,
tus dulces silbos y tus pies hermosos.

Oye, pastor, pues por amores mueres,
no te espante el rigor de mis pecados,
pues tan amigo de rendidos eres.

Espera, pues, y escucha mis cuidados,
pero ¿cómo te digo que me esperes,
si estás para esperar los pies clavados?

Fuerza de lágrimas
Con ánimo de hablarle en confianza
de su piedad entré en el templo un día,
donde Cristo en la cruz resplandecía
con el perdón que quien le mira alcanza.

Y aunque la fe, el amor y la esperanza
a la lengua pusieron osadía,
acordéme que fue por culpa mía,
y quisiera de mí tomar venganza.

Ya me volvía sin decirle nada,
y como vi la llaga del costado,
paróse el alma en lágrimas bañada:

Hablé, lloré y entré por aquel lado,
porque no tiene Dios puerta cerrada
al corazón contrito y humillado.

Muere la vida, y vivo yo sin vida,
ofendiendo la vida de mi muerte,
sangre divina de las venas vierte,
y mi diamante su dureza olvida.

Está la majestad de Dios tendida
en una dura cruz, y yo de suerte
que soy de sus dolores el más fuerte,
y de su cuerpo la mayor herida.

¡Oh duro corazón de mármol frío!,
¿tiene tu Dios abierto el lado izquierdo,
y no te vuelves un copioso río?

Morir por él será divino acuerdo,
mas eres tú mi vida, Cristo mío,
y como no la tengo, no la pierdo.

Señor, cuando yo miro mi ignorancia,
y que me llego a hablar con vuestra ciencia,
cuando tiemblo de ver la diferencia,
acobarda mi lengua la distancia.


¿Qué puedo yo deciros de importancia,
después de tanto error y tanta ausencia?
pues cuanto fue mayor vuestra clemencia,
será de mi temor la repugnancia.


Príncipes de la tierra en el concepto,
que de vana retórica se viste,
reparan, porque son tierra en efecto.


Vos en el alma, en que el amor consiste,
que vos no me queréis a mí discreto,
sino turbado, arrepentido y triste.

A donde quiera que su luz aplican,
hallan, Señor, mis ojos tu grandeza.
Si miran de los cielos la belleza,
con voz eterna tu deidad publican.

Si a la tierra se bajan y se implican,
en tanta variedad naturaleza.
Les muestra tu poder con la destreza,
que sus diversidades significan.

Si al mar, Señor, o al aire, meditando
aves y peces, todo está diciendo,
que es Dios su autor, a quien está adorando.

Ni hay bárbaro o antípoda, que viendo
tanta belleza no te esté alabando.
Yo solo, conociéndola, te ofendo.