Cervantes

De esta tierra todo encanto,
de aquesta España sin par,
que tiene por cielo el manto
de María, donde un canto
día y noche entona el mar…

Virgen bendita  y bella,
remediadora del linaje humano,
sed vos aquí la estrella
que en este mar insano
mi pobre barca guíe,
y de todos los peligros la desvíe.

¡Virgen de Monserrate,
que esas ásperas sierras hacéis cielo!
Enviadme rescate,
sacadme de este duelo,
pues es hazaña vuestra
al mísero caído dar la diestra.

Entre estas matas quiero
esconderme porque es entrado el día;
aquí morir espero;
Santísima María,
en este trance amargo,
el cuerpo y alma dejo a vuestro cargo

Niña de Dios, por lIuestro bien nacida,
tierna, pero tan fuerte, que la frente,
en soberbia maldad endurecida,
quebrantasteis de la infernal serpiente;
brinco de Dios, de nuestra muerte vida,
pues vos fuistes el medio conveniente
que redujo a pacífica concordia
de Dios y el hombre la mortal discordia.

¡A Ti me vuelvo, Gran Señor, que alzaste,
a costa de tu sangre y de tu vida,
la mísera de Adán primer caída,
y, adonde él nos perdió, Tú nos cobraste!

¡A Ti, Pastor bendito, que buscaste
de las cien ovejuelas la perdida,
y, hallándola del lobo perseguida,
sobre tus hombros santos te la echaste!

¡A Ti me vuelvo en mi aflición amarga,
y a Ti toca, Señor, el darme ayuda:
que soy cordera de tu aprisco ausente
y temo que a carrera corta o larga
cuando a mi daño tu favor no acuda
me ha de alcanzar esta infernal serpiente.

No sabes tú que el mismo Cristo dice:
«Aquel que me negare ante los hombres,
de Mí será negado ante mi
y el que ante ellos a Mí me
será de Mí ayudado ante el Eterno
Padre mío? ¿Es prueba ésta bastante
que te convenza y desengañe,
del engaño en que estás en ser cristiano
con sólo el corazón, como tú dices?
y ¿no sabes también que aquel arrimo
con que el cristiano se levanta al cielo
es la cruz y pasión de Jesucristo,
en cuya muerte nuestra vida vive … ?

Divino pan que das eterna vida
a aquel que dignamente
dispuesto, como debe, te recibe;
dulcísima comida
para la pobre gente
que en la miseria de este mundo vive.
¡Dichoso el que a comerte se apercibe!

Otro cualquier manjar el cuerpo ofende,
mas este pan divino
la vida de las almas perfecciona;
el morir no defiende
que da el fatal destino:
mas después asegura la corona
que el Apóstol predica y Cristo abona.

Suerte dichosa y bienaventurada
que por modo no visto,
ni de ángel ni de hombre imaginado,
quede el alma endiosada
y viva en ella Cristo,
que da el ser y vida a lo criado,
dándosela a comer en un bocado.

Cristo de nuestras almas se apacienta
en tan alto convite;
y nosotros a Cristo apacentamos,
y el alma se sustenta
de él, sin que se le quite
nada, por muchas veces que comamos,
porque es Dios infinito el que gustamos.

La justicia y la paz hoy se han juntado
en vos, Virgen santísima, y con gusto
el dulce beso de la paz se han dado,
arra y señal del venidero Augusto.
Del claro amanecer, del sol sagrado,
sois la primera aurora; sois del justo
gloria; del pecador, firme esperanza;
de la borrasca antigua, la bonanza.

Sois la paloma que al eterno fuiste
llamada desde el cielo, sois la esposa
que al sacro Verbo limpia carne diste,
por quien de Adán la culpa fue dichosa;
sois el brazo de Dios, que detuviste
de Abrahán la cuchilla rigurosa,
y para el sacrificio verdadero
nos diste el mansísimo Cordero.

Creced, hermosa planta, y dad el fruto
presto en sazón, por quien el alma espera
cambiar en ropa rozagante el luto
que la gran culpa le vistió primera.
De aquel inmenso y general tributo
la paga conveniente y verdadera
en vos se ha de fraguar: creed, Señora,
que sois universal remediadora.

Miguel de Cervantes Saavedra 

(Alcalá de Henares,​ 29 de septiembre de 1547-Madrid, 22 de abril​ de 1616)